Neuroliderazgo, la chispa de las organizaciones resilientes

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La neurociencia corrige los modelos tradicionales y amplía enormemente las posibilidades de un nuevo liderazgo, que además de la psicología tiene en cuenta aspectos decisivos en la evolución y el éxito de una organización, como son las emociones de sus miembros, su autonomía y su verdadero potencial.
Hoy conocemos gracias a la neurociencia el funcionamiento químico del cerebro ante situaciones de estrés, toma de decisiones, cambios o fracasos. La variación en los niveles hormonales y el comportamiento del sistema límbico asociado a la atención cognitiva demuestra que, para enfrentarse con éxito a estas situaciones, el neurolider necesita control emocional, más que capacidad intelectual.
No es sencillo ser un neurolider y su comportamiento supone un gran cambio con respecto a otros modelos de liderazgo. El neurolider también debe esforzarse por conocer el estado y las reacciones, incluso cómo funciona el cerebro de cada uno de sus miembros. Además, El neurolider no aplica el “palo y la zanahoria” para motivar a su equipo, sino el coaching profesional con la orientación individual a través de preguntas fomentando y exprimiendo su creatividad, alejado de soluciones preconcebidas o automatismos.
El neurolider no basa su relación con el equipo simplemente en la conexión o poder de persuasión en continuo aprendizaje. El neurolider debe ser consciente de que el cambio implica sufrimiento; Por ello, debe esforzarse por comprender los intereses y anticiparse a las perspectivas de cada uno de los miembros de su equipo frente a situaciones de cambio.
Por eso, el Neuroliderazgo, es la chispa de las organizaciones resilientes, donde se conjugan las emociones orientadas a resultados y el éxito de las personas en sus puestos de trabajo, así como la resiliencia del aprendizaje continuo de un mundo tan volátil e impredecible, donde las organizaciones incorporan en su ADN todo este potencial en la gestión del cambio para afrontar el futuro de una forma más “liquida”.
Una organización líquida es aquella que busca dar respuestas cada vez más rápidas a un mundo que evoluciona a gran velocidad y, en consecuencia, desarrolla una capacidad de adaptación que le permite modificar estructuras y roles de forma flexible para vivir en el cambio permanente, fomentando además la cooperación orientada a la innovación y creatividad de nuevos productos, servicios y modelos de negocio.
El camino hacia las organizaciones líquidas lo marca la cultura ‘agile’. Rápidas como el viento, flexibles como juncos, adaptables como el agua. Dicho de una manera poética, ese podría ser el resumen de lo que hoy se considera una organización ágil. La agilidad es, sin duda, el rasgo estrella que las empresas ansían alcanzar, un concepto impuesto por la transformación digital, que supone un cambio de cultura empresarial indiscutible para todas aquellas empresas que quieran adaptarse y progresar en esta nueva era.