Por qué es necesario aprender a gestionar nuestras emociones

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¿Cómo puede un vendedor cerrar con éxito la mayor oportunidad de su carrera? ¿Qué hace que una líder mantenga su serenidad y templanza frente a un cambio masivo en la organización? ¿Y qué hace que un equipo pueda mantener su nivel de desempeño en condiciones inciertas como las que nos está tocando vivir?

La mayoría de las veces, la respuesta se reduce a cómo esas personas manejan sus emociones. El vendedor no deja que su ansiedad se apodere de él. La líder ejecutiva dedica más tiempo al manejo del estrés y se recuerda a sí misma toda la preparación que ha hecho para este tipo de momentos. Los miembros del equipo comparten entre ellos cómo están viviendo este momento y aprovechan el vínculo como apoyo para reforzar su confianza frente a la incertidumbre. Todos ellos son ejemplo de inteligencia emocional, que podemos definir como la habilidad de reconocer y manejar nuestras emociones para hacernos más efectivos en aquello que estemos haciendo.

Desde los años 70 se han llevado a cabo numerosos estudios sobre el impacto que tiene el desarrollo de la inteligencia emocional en las organizaciones y se ha demostrado que, entre muchos aspectos: reduce el estrés, aumenta la confianza y la resiliencia, aumenta la percepción de bienestar en el lugar de trabajo y ayuda a las personas a establecer mejores relaciones. Por esta razón es cada vez más común incluir el desarrollo de la Inteligencia Emocional en los planes de formación competencial.

Gestionar nuestras emociones en 4 pasos

Gestionar nuestras emociones de manera inteligente pasa por 4 pasos:

  1. Identificar nuestras emociones. Admitámoslo, la mayoría de nosotros somos analfabetos emocionales. En el diccionario hay más de 700 palabras que describen emociones. Cuando pido en las formaciones que se haga una lista de emociones, a duras penas salen 15. Ampliar nuestro vocabulario emocional es el primer paso para poder ponerle nombre a lo que nos ocurre. Y esto es, a su vez, el punto de partida para desarrollar nuestra gestión emocional.
  2. Entender por qué surge esa emoción. El autoconocimiento está en la base del desarrollo personal. Conocer nuestras fortalezas y debilidades, reconocer qué nos altera, porqué nos afecta tanto una crítica, o una determinada persona nos ayuda a entender nuestros patrones y qué lecciones debemos extraer de las situaciones que provocan reacciones emocionales en nosotros.
  3. Decidir si esa emoción es útil en la situación que estamos. No podemos evitar que surja la emoción, pero sí podemos decidir qué tipo de respuesta nos conviene en cada momento. Por muy ofendida que me sienta ante el comentario de un compañero, debo decidir si es conveniente mostrar esa ofensa en medio de una reunión con más personas.
  4. Actuar de la forma más adecuada en base a lo que hemos decidido que nos conviene. Si seguimos con el ejemplo anterior, una forma de actuar será respirar hondo para bajar la intensidad de nuestra emoción para proseguir nuestra reunión y tener una conversación privada con esa persona en otro momento.

En definitiva, desarrollar nuestra inteligencia emocional nos ayuda a gestionar de manera más efectiva el día a día proporcionándonos una mayor sensación de control sobre nuestra vida, y aumenta nuestro bienestar físico y psíquico tanto en el ámbito profesional como personal. Cualquier plan de formación empresarial debería incluir programas de inteligencia emocional.

Artículo por: Lourdes López, Colaboradora y Experta de DISI TALENT.

 

 

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